Tienes

Tienes los sueños en la mirada, mi amor entero, los cantos de los pájaros.

Vienes a desafiar este camino sin regreso, lo que se fugó de nuestras manos, lo que nos canonizó el destino.

El cielo se quiebra en susurros y le duele la lluvia de blasfemias que le imputan temerarios e impíos.

Ya nada importaría, si se marcha la ilusión, pero tú tienes la esperanza guardada entre los besos, y en los ojos la razón de mi existir, la confianza, la certeza y nuestra fe, la única que conocemos, la que alimenta y consuela, a las almas que aman.

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Perdido

No sabré nunca lo que deben ignorar mis pasos, siempre camino hacia lo desconocido, mis pies olvidan y adivinan senderos con el desgano del azar proscrito, los guían mis miedos, los recuerdos, las pasiones que desandan justo donde sangra la mente.
No sabré nunca lo que deben conocer mis pasos, no descubren el peligro de caer despiertos en sueños invadidos por el desatino, por la ilusión, por la idea que tan cruel termina, que tan vana muere.
No quiero estar perdido en los encuentros del destino, pero pareciera que no tengo las respuestas a esas preguntas que siempre persigo.
Sin saber me he hallado, en los lugares que me han perdido, ahí habitan las lanzas a las que he sobrevivido, las mismas que han atravesando a mi cuerpo tan herido, ahí me abrace conmigo.

Dos cuerpos

A tu mano fría la calienta mi pecho de lumbre.
Tus senos se imaginan en mis labios, suyos, de sus besos, de mis besos.
La calma aparente, te aparta del miedo a ser presentida, a ser escuchada volando y colmando al cielo de espejos que clava tu vista. Y eres tú, o soy yo en ti estallando la madrugada en trizas lúbricas.
No existen las palabras, solo las que crea tu lengua inquieta, tu boca con hambre, tus silencios pocos.
Me gustan las entregas, las tuyas, esas que te elevan sobre la lluvia, y sin embargo te empapan hasta los huesos, hasta el alma.
Tú, tu talle, tu locura, nuestra rota cordura, y el amor que se repite una y otra vez, de mil formas, con todo el calor de estos dos cuerpos.

Mía

Ya quisiera ver dormido el instinto que te clama, ver enmudecida la voz que te ata a mi garganta, que te dibuja en mis labios, que se esparce perenne en el aire.
Ya podría vivir sin verte, toda vez que pienso o sueño, cuando inhaló el olor a remembranzas de una felicidad viajera que desarma mi memoria, o cuando me abrazó a tu lugar vacío en el centro del olvido.
Podría no compartir mi vida con tus fotos, efluvios de tu ser…

Llevarte a las simas de mis miedos para fundirme con tu redención.
Esperar que se expanda la vida sin ti, que el dolor fuera fiesta, que el júbilo se trocara con esas negras gotas de llanto, que tanto sufren tus ojos.
Que mi alma se encendiera con un leve roce de tu divina incandescencia o con el dulce de tu exhalación tibia, y que reviva el encantamiento que nos hizo criaturas perfectas, con solo un chasquido de tus frágiles y tiernos dedos.

Y saberte mía, como antes mía.

Se aprende a querer

Se debate lo hermético de un lado a otro de tus luces centinelas, volando y pecando, desandando tu cara. La cerrazón disipada por la flama contenida en lo oculto se cuaja al final de los sonidos, como el círculo, patrón que regla el cosmos que lleva tu nombre. Donde respira apenas la existencia que te codicia, donde terminan ciertos los misterios sospechados, donde se doman las calles que te recorren, y el amor sorprende a las volteretas de la vida. Allá el río de los años acomete y te alimenta, allá se aúnan lo innato y lo adquirido y se aprende a querer. Dichas que se alejan despiertas y se acercan soñando.

Tu voz

La noche.
La fiel inercia.
Un sonido que estalla en armonías para matar lejanías, dúctiles maniobras con filamentos que ciegan, fibras de idiomas tallados por la luz. Incesantes recuerdos.
Impulsos de casta mágica.
Viajeros que iluminan y habitan de punta a punta a mis apegos más íntimos, más esenciales más instintivos; y así germina la palabra.
Llueve, tu voz, río, tu risa, respiro, y en mis profundidades se destilan tus certeros besos, tus gemidos, y tus tentativas fallidas de palabras perfectas, códigos que terminan sobrando, claudicando penitentes ante esos diálogos, los verdaderos, los que huyen fugados del alma. La noche, el teléfono, el reloj que se esconde…
Y la habitual e invaluable sorpresa: tu voz.

¿Cuánto mar?

Brillabas como un sol cabal, con tus tersas manos extraídas, salvadas de las ventoleras turbadoras de esos pensamientos traidores que siempre me amaron.
Impávida, desafiante, deshaciendo huracanes.
Yo te sabía pasajera, pero me daba al claro de tu mirada y a ese ardor inequívoco que nos fundía, y renacía arrobado por la lluvia de sensaciones que creas. Y trataba de convencerme de luchar hasta el fin contra el destino que nos vuelve marionetas con almas y sentimientos.
¿Acaso la eternidad no se conforma de instantes?
Creía en nuestros momentos, en sus tiernos susurros que se prolongaban hasta mis oídos, en tu piel apacible, en tu pelo libre como las ideas.
Y siempre era todo, y todo era siempre.
El futuro era el habitante de nuestro mundo, en ese profundo suspiro que pareaba nuestras bocas en un célico y divino deleite.
¿Cuántas noches veré antes de tenerte?, ¿cuanto mar habrá que navegar?… ¿Cuánto?…

Interminable

Eres brote que amansa a los ojos de la larga vigilia de todos mis tiempos.
Sueño desbocado en su rara y novísima realidad. Trino que se tiende a mi orilla, como la sombra que amarra el día a las cosas que se abren al sol.
No eres otra eso eres…
Selva que llena de hechizos de cromático explendor a la oquedad de un desierto inmenso, que recuerda sus fugados oasis. Eres la tibieza que se da al invierno para que retoñe la estación de las mariposas.
Contigo, el revés a lo permeado por el rancio sonido de la soledad callada, de las paces amorfas, sin cuerpos humanos, sin sangre corriendo desbordada por las venas, como río crecido gritando a la tierra su vigoroso caudal de sensaciones.
Tu tacto en el mío acrisola lo no vivido, y libera a las horas de tu ausencia del cautiverio de mi destino, con una sonrisa atada a lo imposible de lo interminable.

Izquierda

Naces entre las ondas azules del momento reflejado en nuestras almas, que rumora el mar entre sus peces.
Vibras traviesa en el diapasón elucubrado de tus besos, (escuchó su sonido acentuado). Revíveme la garganta, y tú misma cállame el silencio. Arráncame las palabras de la boca con tus labios, húndete proscrita en mi conciencia y rompete en deseos enardecidos. Termíname los días, iniciame lo eterno; que eres mi remanso nucleado de paraísos.
Derríteme la piel, que te prendo con la llama que devora el hambre de los volcanes.
Hazme que te hizo mi ser de luna compartida para que lo empapes de encuentros nectarios, para que lo lleves de tu mano izquierda, la que me escribe, la que despide, la que siempre me tiendes.

Hecha de viento

El volumen de tu sombra lo devora el sol ardiente; caen los tiempos y tú invisible, como el aire inatrapable, ingrávido.
Flota la incertidumbre, como una nube cargada de ímpetu contenido, con ansias ingentes, deseos de ser, de cumplir los presagios; una nube gris y pesada…
Y al fin fragmentado por un rayo que te nombra tormenta, yo pesaroso por tu habitual silueta, me reclino en la nostalgia de tu cuello.
Tus vientos arrasan la gama de azules por donde navegan estremecidos los sentimientos, hondos y firmes.
Esa mar caprichosa amparo de solitarios marineros que trascienden a sus propias hazañas y asombrosas leyendas.
Una que otra mentira se escapa de sus bocas de salitre.
¿Y con qué tentativa del tiempo te abrazo?…
Estas hecha de viento.